FUNDADORAS

 

Estefanía Cottin y Juana Alejandrina Bigard, Fundadoras POSPA

Fundada en 1889 en la ciudad de Caen (Francia) por la intuición y el coraje de dos mujeres: Estefanía y Juana Bigard (madre e hija).

Juana Alejandrina Bigard nació el 2 de diciembre de 1859, en Montagne, hija y fruto del matrimonio formado por el joven Juez Carlos Victor Bigard y la señorita Estefanía Cottin, hija del alcalde de la población de Montagne, Francia. Después de haber distribuido sus bienes entre los seminarios de tierras de misión y ofreciendo sus vidas de oración y sacrificio, Juana y Estefanía tuvieron la idea de pedir a otras personas la ofrenda de sus oraciones personales y una ayuda económica para cubrir las necesidades de tantos jóvenes que querían ser sacerdotes, pero que no tenían medios suficientes. Juana Bigard perseveró en su idea y continuó invitando personas a formar parte de su grupo de sostenedores de la misión. Así se fundan las bases de lo que luego será la Pontificia Obra de San Pedro Apóstol (POSPA).

En 1894 Juana imprimió el primer prospecto de la "Obra Apostólica para las Misiones". A partir de entonces, la Obra se extiende por toda Europa y los demás continentes.

Pero el Señor no sólo le pidió este apostolado, sino también su propia vida, siendo así que su salud comienza a deteriorarse cada vez más. Pero ella consagra su dolor a Dios: su preocupación por sus "hijos espirituales" (46 sacerdotes y 70 seminaristas) la lleva a entregarse por completo: "Dios mío, caro me hacéis pagar el honor de ser la madre adoptiva de vuestros sacerdotes. Pero es una debilidad lamentarse delante del crucifijo".

Debido a su delicada salud Juana Bigard abandonó la responsabilidad de la Obra de San Pedro Apóstol el 22 de enero de 1905. Murió el 28 de abril de 1934 y recibió sepultura junto a su madre Estefanía en el cementerio Montparnasse, en Francia.

El 3 de mayo de 1922, Pio XI eleva la obra a la categoría de "Pontificia". En 1927 fue ordenado el primer obispo japonés, Mons. Genaro Hayasaka, quien de seminarista, fue el beneficiado con la última beca perpetua fundada por su "madre" antes de morir.

 

Gran testimonio de fe y de amor a las vocaciones 

San Juan Pablo II, en el número 3 de su Carta Apostólica en el centenario de la POSPA hace un gran homenaje de estas dos grandes fundadoras:

“¿Cómo no evocar, en este contexto, la figura de las dos fundadoras de la Obra, Jeanne Bigard y su madre Stéphanie, mujeres de gran corazón a quienes el Espíritu Santo hizo ver claramente la necesidad de un clero autóctono para la implantación de la Iglesia? Ellas comprendieron la llamada de Dios para consagrar sus recursos, sus energías, y toda su vida a la promoción del Evangelio por medio de la formación de los sacerdotes así como de hombres y mujeres consagrados, y supieron forjar con entusiasmo y tenacidad un instrumento apto para la realización de este noble propósito.

Jeanne Bigard, en particular, que se había ofrecido en holocausto a la voluntad de Dios, conoció en el curso de los años el misterio de la cruz que había presentido: "Sufriré mucho —escribía en 1903— pero si a este precio la pequeña semilla de mostaza debe germinar y crecer, yo sería culpable si lo rechazara". Desde luego, su generoso sacrificio ha sido fecundo. La Obra de San Pedro Apóstol le debe mucho, pues ella pudo desempeñar su papel y favorecer realmente el crecimiento del número de las vocaciones en las Iglesias jóvenes.

Me complace subrayar aquí el afecto de las señoras Bigard hacia la Sede Apostólica. Incluso el nombre que eligieron para la Obra naciente manifiesta su fidelidad hacia la Iglesia de Cristo. Desde León XIII, mis predecesores no han dejado de animar la Obra y con agrado han dado su bendición a las fundadoras y a todos los asociados, pues ellos apreciaban en esta iniciativa una cooperación preciosa para su misión pastoral de evangelización”.

 

Santa Teresita, protectora perpetua de la POSPA

Dejémonos iluminar por lo que al respecto nos sigue diciendo San Juan Pablo II en el número 4 de su Carta Apostólica en el centenario de la POSPA:

“El Papa Pío XI, a quien se dio el título de "Papa de las Misiones", quiso consolidar aún más los fundamentos espirituales de la Obra, atribuyéndole una Patrona especial: proclamó protectora perpetua de la Obra de San Pedro Apóstol a Santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, el 23 de julio de 1925, el mismo año de su canonización y dos años antes de declararla Patrona principal de las misiones de todo el mundo junto con San Francisco Javier.

La intuición fue profundamente precisa: por su testimonio y por su intercesión, Teresa puede inspirar y sostener esta Obra de gran importancia para el desarrollo de las Iglesias de reciente fundación.

La joven carmelita de Lisieux, cuando medita el sentido de su vocación, escribe: "A pesar de mi pequeñez, quisiera irradiar luz a las almas, yo tengo la vocación de ser apóstol. Quisiera ser misionera hasta la consumación de los siglos" (Manuscritos autobiográficos, B, 3). La Santa, para la que el "amor comprende todas las vocaciones" (Manuscritos autobiográficos, B, 3), solicita sin cesar la gracia de amar a Dios a fin de hacerlo amar. A un hermano espiritual, futuro misionero, confía con simplicidad su oración y su deseo más profundo: "Yo rezo por todas las almas que le serán confiadas. Desearía hacer en el cielo lo mismo que en la tierra: amar a Jesús y hacerlo amar" (Correspondencia general, carta al Abad Bellière, 220; pág. 952).

Teresa no pudo partir a tierras lejanas para cumplir su sueño misionero, pero, en la soledad del Carmelo, "ama por sus hermanos que combaten" (Manuscritos autobiográficos, B, 4); suplica al Señor "que todos aquellos que no están iluminados por la llama de la fe, finalmente puedan verla resplandecer" (Manuscritos autobiográficos, C, 6). Por eso quisiera que su sacrificio fuera total, y "acepta comer el pan del dolor" (Manuscritos autobiográficos, C, 6).

Este día que la Iglesia celebra a Santa Teresa del Niño Jesús, en este año del centenario de la Obra de San Pedro Apóstol, quisiera animar a todos aquellos que se asocian a ella a meditar sobre la espiritualidad misionera de la Santa Patrona y a darla a conocer a los numerosos hermanos y hermanas cuya generosidad es necesaria para proseguir la labor.

Ellos responderán también a las orientaciones esenciales que da el Concilio Vaticano II en el preámbulo del decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia: "Este santo Concilio desea delinear los principios de la actividad misional y reunir las fuerzas de todos los fieles para que el Pueblo de Dios, caminando por el estrecho sendero de la cruz, extienda por todo el mundo el Reino de Cristo, Señor, que preside los siglos (cf. Si 36, 19) y prepare los caminos a su venida" (Ad gentes, n. l)”.

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